Los errores son sólo pequeños tropiezos que nos hacen escalar más alto. El verdadero problema es cuando ya no tienes fuerzas para levantarte. 

Era un jardín lleno de todo tipo de flores, había rojas, amarillas, blancas e incluso moradas. Cada flor que puedes imaginar en este momento se encontraba en ese lugar. Él, era un jardinero que le encantaba cuidar a cada una de ellas. Algunas tardes se sentaba con algunas de ellas y les cantaba al oído una canción y ellas caían enamoradas. Sus pétalos se volvían más coloridos. Sus tallo se alargaban y tornaban en un verde brillante.

Él, tenía poco de empezar como jardinero, era su sueño poder poseer una de ellas. Siempre le dijeron que podía cuidarlas, amarlas pero jamás arrancarlas.

Una noche hubo una gran tormenta que parecía que sacudiría todo el jardín, que las flores se ahogarían, todo apuntaba que no habría sobrevivientes al día siguiente.

Durante la mañana, él, llegó temprano con esperanza de encontrar todo en orden, pero sabía que las posibilidades de que eso ocurriera eran nulas. Entró al jardín, el cielo estaba despejado, había una pequeña brisa fría que lo hacía sentir fresco. Él amaba el viento frío. Miró alrededor y notó que todas las flores estaban en perfecto estado. Siguió caminando y al fondo del jardín, en un pedazo de tierra sin cuidar se encontraba ella. Sus pétalos estaban caídos, su tallo roto, poca era la vida que le quedaba. Otros jardineros la habían olvidado por mucho tiempo, y él nunca la había visto. Él Corrió por una maceta y tierra. Se apresuró a mudarla, la tomó con tanta delicadeza que ella no se percató que estaba siendo transplantada.

A partir de ese día él la cuidaba, la veía, le cantaba y admiraba. “Eres la flor más bonita” una vez dijo, “te voy a cuidar siempre” otra día dijo.

Él la vio recuperarse y crecer, no podía con tanto amor que ella le daba. Él sentía que  le daba todo y a la vez nada. Otra flor en otro jardín había.

Ella no veía nada, vivía alejada del jardín en una maceta. Él le cantaba a otra, él le decía algunos días “Eres la flor más bonita” en voz baja, otro día le decía “te voy a cuidar siempre” mientras la regaba a oscuras.

Poco a poco él olvidó a ella en la mesa del comedor, de vez en cuando pasaba y la miraba un poco, para después caminar al jardín.

No pudo más, no podía más. Murió.